martes, 24 de junio de 2025

Quien es Sbb-Mimosatormenta

 

Comenzamos la historia de mi vida

"No todo lo que brilla es mentira"

Me llamo Soraya. Nací en 1980, la cuarta de cinco hermanos, de una familia humilde que supo hacer magia con poco. Crecí entre risas sencillas, paredes que crujían con vida, y abrazos que llegaban incluso cuando no había mucho más para dar. Tuve una infancia feliz, aunque con sus grietas. De esas donde no se hablaba mucho de lo que dolía, pero se sentía en el aire.

A veces los padres también se rompen, aunque uno  cuando es pequeño no lo entienda. Recuerdo los días en los que el trabajo faltaba y el miedo se nos sentaba a la mesa como un invitado más. Sin embargo, éramos una familia. Y eso, cuando se tiene, vale más que cualquier cuenta bancaria.

Después vinieron los amigos —algunos más dañinos que los enemigos— y el primer amor, ese que parecía eterno hasta que no lo fue. Y la vida, ah, la vida... La vida se encargó de darme un giro de 360 grados. Me hizo tambalear, caer, gritar en silencio, levantarme con rabia, y entender que sobrevivir no era suficiente.

Este libro no es un manual. No soy gurú, ni ninguna coach, no soy santa pero soy una mujer que se cansó de callar lo que le dolía, pero también lo que había aprendido. 

Quiero contarte mi historia sin filtros, con lo feo y lo bonito, porque creo que todo lo que nos pasa, incluso lo más oscuro, puede tener sentido si lo decimos en voz alta.

Si estás leyendo esto, tal vez también vienes con los bolsillos rotos y el alma parcheada. 

No prometo respuestas, pero sí una cosa: aquí solo vas a encontrar verdad, la verdad que yo viví, y como la sentí.

-Antes del Ruido.

Los primeros años de mi vida los recuerdo con una felicidad que hoy valoro más que nunca. La infancia tiene ese poder: protegernos. Los niños somos ajenos, muchas veces, a los problemas adultos. No vemos deudas ni discusiones. Vemos juegos en la calle, las noches largas de verano, el olor a cena que llega desde alguna ventana abierta.

Mi vida era eso. 

Una rutina de cosas simples que para mí eran todo. Las tardes en la vereda del rio cuando bajábamos a casa de mi tío Toni ,o en el huerto de la tía vareta bajo de casa, corriendo con los vecinos y los amigos del cole; las risas mezcladas con tierra y rodillas raspadas. Las casas abiertas, las puertas sin llave, el barrio que era un mundo entero.

Pero si hay un lugar que brilla en mi memoria como un refugio sagrado, es el pueblo de Fortuna. Allí pasábamos los veranos, y allí aprendí lo que era el amor sin condiciones. Mis tíos, que para mí siempre fueron, son y serán mis segundos padres, nos recibían con el corazón abierto. Mi abuela, con sus manos eternas y mi tía que cocinaba como si el amor pudiera comerse a cucharadas.

Íbamos con mi hermana, y esos días eran otra vida. Dormíamos juntas, compartíamos secretos, nos despertábamos con el canto de gallo y el olor a campo, o con el ruido del bar que mis tíos tenían y esa olor a pueblo que para nosotras era vitamina . En Fortuna no había prisa. Ni ruido. Ni miedo. Solo tiempo. Y afecto. Y esa sensación de pertenecer a algo que no necesita explicación.

Y aunque en casa las cosas a veces se ponían difíciles —sobre todo cuando mi padre se quedó sin trabajo— yo vivía todo eso como si fuera parte del fondo, como un ruido lejano. En el centro estaba la vida. Mis hermanos. Mis padres. Los juegos. Y esa fe infantil de que nada malo podía durar demasiado.

Quizá éramos muy humildes, pobres para muchos  y habían muchas cosas que no podíamos comprar o disfrutar, sí, o al menos eso pensaba el mundo, pero yo me sentía mas rica que el mundo entero, rodeada de valores y un amor infinito ,y eso, si no tiene precio. 

En mi balanza, eso nunca pesó más que el cariño que nos teníamos.



Reflexión:

Hoy entiendo que no era que las cosas no dolieran… era que no sabía aún cómo y cuanto dolían.
La infancia tiene esa forma amable de la ignorancia. No es tonta. Es protectora. Te cubre con un velo que el tiempo más tarde arranca sin pedir permiso.
Y es ahí cuando empiezas a escuchar el ruido.
 

Los primeros años de mi vida los recuerdo con una felicidad real. No ideal quizá, pero si real. De esas que no se compran, ni se explican demasiado. Una felicidad hecha de tierra, voces, sudor, y muchas risas.

Los niños somos ajenos a los problemas de los Adultos. Y por suerte. Cuando eres pequeño, el mundo se mide por lo que puedes tocar ;una bici, un plato caliente, tus hermanos al lado, o un verano que parece no tener fin.

6 comentarios:

  1. Deseando seguir tu relato. Eres una mujer poderosa, nunca lo olvides.

    ResponderEliminar
  2. Hola Soraya. Deseo que le des continuidad al relato que hoy emprendes. Me han gustado algunas de las metáforas que has utilizado. Cuán cierto es que la infancia nos ayuda mediante una especie de anestesia emotiva a superar ciertas pasajes de nuestras vivencias infantiles o juveniles que de otro modo nos condicionarían en forma de cruda realidad. Espero con interés tus siguientes publicaciones.

    ResponderEliminar
  3. Está lleno de verdad y luz. No dejes de escribir. Soy Chus.

    ResponderEliminar
  4. Eres una maquinaaa sigues q te sigoo tu tata

    ResponderEliminar
  5. Después de mucho tiempo que vuelvo a leer las historias de mimosa tormenta, espero seguir leyendo y que me cautives como antes con tus narraciones. De tu fotografo favorito.

    ResponderEliminar
  6. Me he quedado maravillada Soraya, iba leyendo y se dibujaba una sonrisa en mis labios y mis ojos inquietos seguían las líneas de tu relato, he regresado a mi infancia. Al igual que la tuya, creci en un hogar humilde, pero con muchos valores y sobretodo mucho amor y respeto. Un gran abrazo y confío verte pronto.

    ResponderEliminar