Hay lugares que no se olvidan. Lugares que más que puntos en el mapa, son puntos en el alma.
Así es Fortuna para mí: una tierra de infancia donde cada recuerdo tiene sabor, sonido, y sentido.
Una escuela sin pizarras. Una casa sin puertas cerradas. Un refugio cuando el mundo tambaleaba.
Fortuna no era solo una casa.
Era el útero cálido donde creció toda mi familia.
El refugio donde mis raíces se agarraron a la tierra con fuerza,
donde el aire olía a amor limpio, de ese que no necesita palabras.
Allí nos acogió la vida:
mi madre, mi padre, mis hermanos, mis abuelos.
Allí crecimos con la piel perfumada de cariño.
Fortuna era y es un hogar con corazón.
Y en cada esquina de aquella casa se respiraba amor.
De ese que se cuela en la madera, en los muros, en los silencios compartidos.
Mi tía y mi tío, grandes luchadores, sostenían con dignidad aquel templo.
Sus hijos —guerreros de la misma estirpe— crecieron fuertes, como robles con un alma que nadie entendería.
Yo era muy niña. Nícol también. Y mis padres, aún tan jóvenes,
nos llevaba hasta allí una y otra vez y cuando ellos nos podían entonces eran mi tío Juan y mi tía Encarnita quienes se encargaban de hacerlo. O si no cuantas veces subimos a la serranica junto a mi abuela para ir hasta allí.
Íbamos a Fortuna. Siempre Fortuna.
La casa me parecía enorme. Un castillo a mis ojos de niña.
Entrabas, y a la izquierda estaba una habitación con su baño.
A la derecha, el salón. Con su chimenea viva,
y la pipa de mi tío dormida sobre la repisa,
acompañada del tabaco que él mismo se liaba,
con ese aroma a hogar eterno.
Detrás del salón, la cocina.
Y una puerta que se abría al bar,
ese rincón que guardaba secretos de adultos y tardes de calor.
En el centro de la escalera hacia arriba, un baño inmenso —casi de cuento—
nos recibía en el centro como un gigante amable.
La escalera era estrecha, a veces daba miedo subir.
Pero al final del camino, a la derecha, estaba la habitación de las cuatro camas.
Allí dormíamos con mi abuela cuando la casa rebosaba vida.
Allí los sueños eran compartidos y los miedos, menos pesados.
En el centro, un patio con una pila.
Allí nos bañamos alguna vez cuando éramos pequeñas, entre risas y jabón.
Y al fondo, una terraza enorme con otro cuarto escondido.
A la izquierda, otro salón inmenso.
Ese sí que me daba miedo cruzarlo sola cuando era pequeña.
Y al fondo, una habitación y un pasillo que conducía a más puertas mas habitaciones,
a más historias: la de mis tíos, la de mis primos…
no recuerdo bien qué habitación era de quién,
pero sí recuerdo la sensación de familia.
Otra escalera bajaba al bar.
Y otra más subía a otra terraza.
Fortuna era como un mapa secreto,
una casa que latía, respiraba,
y nos abrazaba.
Hoy la casa ya no es lo que era.
Está reformada, cambiada, maquillada por el tiempo.
Pero lo que guardo de ella no necesita paredes ni techos.
Guardo sus abrazos.
Guardo sus noches.
Guardo los días en familia.
Allí crecí.
Allí me maravillé.
Allí mis noches con miedo se transformaban…
Sí.
Aunque a veces acababa saltando en medio de la cama de mis tíos,
o durmiendo con mi primo Ángel,
al que, sin querer, lo tiraba de la cama a patadas .
Otras veces compartía manta con mi abuela,
o con mi hermana Nícol.
Y entonces, el miedo se acurrucaba,
y el amor se quedaba despierto a velarnos.
Fortuna no es solo un lugar.
Es el latido de mi infancia.
Y su eco todavía me acompaña.
Recuerdo a mi hermana y a mi primo Paulino corriendo detrás de un
pequeño ratón que se le había escapado y se le había puesto en la cabeza
a mi hermana en la despensa ella pensaba que la cola del pequeño ratón
era su pelo, que susto se dio y que risas pudimos darnos durante largo
tiempo con esa anécdota.
Allí pasaba los veranos con mi hermana Nícol. Mi tíos tenían un bar, y cocinaba a diario como si fuera para alimentar a un ejército. Mi abuela, feliz, la ayudaba como si estuviera en su lugar en el mundo. Y en realidad, lo estaba.
Nícol y yo también ayudábamos. Fregábamos, hacíamos tareas pequeñas en el bar… Yo tenía que subirme a una silla porque apenas llegaba al fregadero. Aún recuerdo la primera vez que hice un café subida a las cajas de Coca-Cola. Me enseñó mi primo Antonio. Yo estaba maravillada: para mí, todo era un juego. Una gran aventura.
Cuando crecimos, empezamos a ayudar también en el pub que tenían justo enfrente. Nos poníamos música, limpiábamos, y nos sentíamos grandes. Felices. También poníamos la mesa para que mi tío y nuestros primos comieran después de trabajar. Era una casa viva. Con ritmo. Con olor a comida casera. Con gente que iba y venía.
Podría contaros dónde se sentaba cada uno de ellos de mis primos, de mi hermanitos, sus gustos, sus formas… podría contaros tantas cosas, tengo tantos y tantos recuerdos.....pero esos detalles quizá los guarde para más adelante. Por ahora, solo diré esto:
Se respiraba familia.
Se respiraba hogar.
Y mi admiración de niña… sigue viva cuarenta y cinco años después.
Allí nadie estaba quieto. Todos colaboraban. Para una niña, eso era una lección de vida sin palabras.
Y claro, había recompensas. Ir a las piscinas de algún campo con nuestras amigas, a las piscinas del pueblo o al cortijo con mi tío. Eso era el paraíso.Aunque aveces también liábamos algunas con nuestras ocurrencias y riñas de niñas, y aun así siempre nos trataron con mucha paciencia y mucho amor.
Nícol siempre fue más dispuesta que yo —hay que admitirlo—, yo era más escurridiza. Pero estábamos juntas. Siempre.
Mis primos Domingo y Ángel tenían un taller justo cruzando la calle. Me encantaba verlos trabajar. Me escapaba cuando podía a llevarles el almuerzo solo para quedarme un rato, aunque fuesen solo cinco minutos- oliendo la grasa, la gasolina del taller… ese perfume era la esencia de la mecánica , de lo manual, de lo real.
Y aún hoy, ese olor me despierta el alma.
Me recuerda que vengo de un lugar, donde la gente se ganaba el pan con las manos y que por muy cansados que estuviesen , o por muy mal que se hubiese dado el día , siempre tenían una sonrisa para ti.
También recuerdo lavar coches, acabar llenas de espuma, empapadas, riendo como si aquello fuera una fiesta de verano. Eran días largos, sí… pero con el cuerpo cansado y el alma contenta.
Y estaban esas mañanas de madrugón, cuando el sol aún no había salido, para ir a recoger almendras. Medio dormidas, pero llenas de emoción. Ver la máquina pelar almendras era como ver magia. Y al terminar, la recompensa: un baño en la balsa. Agua fría. Chapuzones. Y ese bocadillo de atún con mayonesa que sabía a gloria bendita.
Nos subíamos al remolque del tractor entre sacos de almendra, riendo como si estuviéramos en una atracción de feria. Acabábamos rendidas… pero para nosotras, todo era un juego más.
Eso no era trabajo.
Era vida.
Y nosotras lo sabíamos, aunque no supiéramos decirlo.
Y aunque en casa las cosas a veces se complicaban —cuando mi padre se quedó sin trabajo, cuando los silencios de mis padres hablaban más que las palabras—, Fortuna era refugio.
Era donde recordaba lo que era sentirse querida sin condiciones.
Donde el ruido del mundo no nos alcanzaba.
🌾 Reflexión final:
Hay memorias que no son solo recuerdos.
Son raíces. Son mapas invisibles que nos guían en los días grises. Son pruebas de que venimos de lugares donde se nos miró con amor, donde se nos permitió ser niñas sin pedirnos nada a cambio.
Fortuna fue para mí más que un pueblo:
fue la escuela del alma,
el templo de lo cotidiano,
la certeza de que lo más sagrado…
casi siempre huele a comida casera, a motor caliente y a tardes de juego y piscina.
Si estás leyendo esto y tienes un lugar así en tu historia, vuelve. Aunque sea en la memoria.
Porque cuando una recuerda con gratitud, todo lo vivido se convierte en medicina.
¿Y tú? ¿Cuál es tu Fortuna?


Fortuna !!!! Por supuesto,y tu lo sabes bien .Nuestras historias se parecen.
ResponderEliminar♥️♥️♥️♥️
EliminarMi fortuna fue el campo con mi abuela q tiempos vivir con ella alli
ResponderEliminarQue Maravilloso recuerdo
ResponderEliminarSigue así, hay recuerdos maravillosos que compartir y otros, no tan buenos, que forjan nuestras vidas y nos hacen ser personas especiales, como tú.
ResponderEliminar